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Miércoles, 22 de Noviembre de 2017

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Cinco panes y dos peces

Cinco panes y dos peces
El milagro de los panes y los peces, de Giovanni Lanfranco -

Jesús quería poner a prueba su fe: él no contaba con una cantidad suficiente de bienes materiales, sino con su generosidad al ofrecer lo poco que poseían

Uno de los episodios más hermosos de los evangelios es el referido a la multiplicación de los panes y de los peces. De los diversos y ricos signos de Cristo, este de la multiplicación es el único que es narrado por los cuatro evangelios. Podríamos entender por “signo” cuando la realidad y su invitación a ir más allá, hacia un significado ulterior, se unen en un solo todo, por ello, dan cuerpo a la credibilidad del cristianismo y confirmaban su origen divino. Un pasaje que se nos desnuda en la actualidad como bálsamo y aliciente para estos días de tormentos y complejidades políticas. Vamos a recordarlo de la mano de San Juan: “Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: « ¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?» Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?» Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos 5.000. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo” (Jn 6, 1-15).

Sobre ese episodio, San Juan Pablo II nos dice que en realidad, Jesús quería poner a prueba su fe: él no contaba con una cantidad suficiente de bienes materiales, sino con su generosidad al ofrecer lo poco que poseían. Benedicto VI, por su parte, afirma que el Señor nos ofrece aquí un ejemplo elocuente de su compasión hacia la gente. Esto nos lleva a pensar en tantos hermanos y hermanas que en estos días sufren las dramáticas calamidades de la carestía, agravadas por la guerra o por la falta de instituciones sólidas. “Cristo está atento a la necesidad material, afirma Benedicto XVI, pero quiere dar algo más, porque el hombre siempre «tiene hambre de algo más, necesita algo más»”. Más recientemente, el Papa Francisco nos dice que Jesús se conmovió al ver a la muchedumbre que estaba extenuada y hambrienta y salió a su encuentro para socorrerla. No sólo se preocupó de los que lo seguían, sino que deseaba que sus discípulos se comprometieran en auxiliar al pueblo mandándoles: "Dadles vosotros de comer”. “La bendición de Jesús sobre los cinco panes y dos peces anuncia de antemano la Eucaristía de la que el cristiano se alimenta y de la que saca fuerzas para la vida. La Eucaristía nos va transformando en cuerpo de Cristo y en alimento para nuestros hermanos. Jesús desea que su alimento llegue a todos y que sus discípulos que somos nosotros sean los que lo entreguen a los demás. Jesús nos ha enseñado el camino a seguir y nos manda que seamos nosotros quienes lo llevemos a los demás, a Él que es alimento que sacia y da vida y crea unidad y comunión”.


¿Qué nos dice a nosotros en la actualidad este pasaje de los evangelios? El Papa Francisco ya lo ha dicho: es el anuncio del deseo de Jesucristo de nuestro compromiso con los más pobres y necesitados. Sin embargo, deja muy claro que, antes de saciar el hambre material, hay que saciar el hambre espiritual. Cuando Cristo ordena desde la verdad superior del Evangelio “Dadles de comer” lo hace decididamente a todos los futuros cristianos del mundo y de todo tiempo, pues, como sabemos, su Palabra es eterna. Otro dato importante que revela el Evangelio es cuando dice que hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, pero que, para la cantidad de personas presentes, eso es ínfimo. ¿Quién es este muchacho? Me recuerda al otro discípulo de Emaús que camina junto a Jesús y Cleofás a quien San Lucas no le da nombre alguno. Ese muchacho es uno de esos tantos anónimos que escondidos entre las líneas de los evangelios nos miran y llaman por nuestro nombre para decirnos “yo puedo ser tú”. Personaje anónimo, tan sólo un muchacho, invisible en medio de todos, pero que, sin su generosidad, no se hubiera calmado el hambre de tantos y tantos. Sin embargo, basta sólo una chispa, por muy pequeña que sea, para que se encienda la llama. Esa chispa se enciende cuando, por obra del Espíritu Santo, aprendemos a ver y a descubrir en nosotros y en los demás la dignidad que llevamos muy dentro. En esta tierra se pasa un hambre muy grande, como decía Santa Teresa de Calcuta cuando afirmaba que nuestra pobreza realmente consiste en hambre terrible de dignidad humana.

Este episodio también nos debe recordar la Eucaristía y el poder que en ella habita, ya que en ella Cristo nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. A través de ella se nos revela las dos caras de aquel momento en la vida de Cristo: nosotros somos los que damos, pero también somos los que recibimos. Nosotros somos ese muchacho que lleva con él los cinco panes y los dos peces, pero, al mismo tiempo, somos los que recibimos la plenitud de ese milagro. Sea una realidad o la otra, Cristo presente en medio de nosotros, en el signo del pan y del vino, exige que la fuerza del amor supere cada laceración, y al mismo tiempo que se convierta en comunión con el pobre, apoyado por el débil, atención fraterna a cuantos les cuesta sostener el peso de la vida cotidiana. Cómo no recordar acá la experiencia del Cardenal Francisco Nguyen van Thuan que expuso maravillosamente en su libro de meditaciones “Cinco panes y dos peces” en el cual narra algunas experiencias de los 13 años que pasó en la cárcel, 9 de ellos en régimen de aislamiento, en Vietnam. Allí nos cuenta que cuando fue arrestado tuvo que salir inesperadamente, con las manos vacías. “Al día siguiente me permitieron escribir y pedir las cosas más necesarias: ropa, pasta dental... Escribí a mi destinatario: «Por favor, mándenme un poco de vino, como medicina contra el mal de estómago». Los fieles entendieron lo que eso significaba: me mandaron una pequeña botella de vino para la Misa, con una etiqueta que decía «medicina contra el mal de estómago», y las hostias las ocultaron en una antorcha que se usa para combatir la humedad […] Nunca podré expresar mi gran gozo: todos los días, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la Misa”.


Como en el Evangelio, Nguyen van Thuan nos recuerda hoy que Cristo está siempre en medio de nosotros. “Él es el que cura de todos los sufrimientos físicos y mentales. Durante la noche los presos se turnaban en la adoración; Jesús eucarístico ayuda inmensamente con su presencia silenciosa. Muchos cristianos volvieron al fervor de la fe durante esos días; hasta los budistas y otros no cristianos se convirtieron. La fuerza del amor de Jesús es irresistible. La oscuridad de la cárcel se convierte en luz, la semilla germina bajo tierra durante la tempestad”. La fuerza del amor de Cristo, no sólo es irresistible, lo digo por experiencia propia, sino que se multiplica como aquellos panes y aquellos peces para saciar a toda la humanidad. De eso se trata la revolución de la Cruz y que comienza siempre en la mesa eucarística. “Jesús es mi primer ejemplo del radicalismo en el amor al Padre y a los hombres. Jesús ha dado todo: «los amó hasta el extremo» Jn 13, 1), hasta el «Todo está cumplido» Jn 9, 30). Y el Padre amó tanto al mundo «que dio a su Hijo único» Un 3, 16). Darse todo como un pan para ser comido «por la vida del mundo» Jn 6, 51). Jesús dijo: «Siento compasión de la gente» (Mt 15, 32). La multiplicación de los panes fue un anuncio, un signo de la Eucaristía que Jesús instituiría poco después”

Hoy, a pesar de los contratiempos y oscuridades que anquilosadas en la cotidianidad nos atormentan y llenan de miedo, ¿es posible pensar que pueda calmarse el hambre de muchos con tan sólo cinco panes y dos peces? Sí, yo lo he visto. De hecho, lo veo cada sábado y por ello, por esa experiencia, me moví a escribir estas líneas dejándome llevar tan sólo por el amor que de allí brota para todos. Todos los sábados, en la Parroquia Jesús Nazareno de El Manzanillo en el Municipio San Francisco, los panes y los peces se multiplican a partir del amor que, mirando a Cristo, nos transforma en ese muchacho del Evangelio. El mismo amor que nos impulsa, como dijera San Vicente de Paúl, a sufrir con el otro, enfermar con él, tener la piedad en la cual se enmarca ese carisma de la caridad que lo caracterizó. “No lograr ver sufrir a una persona –dice– sin sufrir con ella; verla llorar sin llorar con ella. Es un acto de ese amor que hace que los corazones se compenetren el uno dentro del otro, y sientan lo que el otro siente, muy diferente de cómo actúan los hombres, que no experimentan el más mínimo sentimiento al ver el desgarro de los afligidos y el sufrimiento de los pobres”. Y es que cuando aliviamos a un pobre realmente sucede que aliviamos a Nuestro Señor, así lo creía el Cura de Ars. Ese amor es el que he visto desnudo y ardiendo en carne viva en los hombres y mujeres que animan desde la Parroquia Jesús Nazareno, así como todos los que, de diversas maneras, están involucrados en las llamadas ollas comunitarias que viene llevando a cabo la Iglesia venezolana en cada rincón del país. Este capítulo del Evangelio también nos recuerda que Cristo está siempre con nosotros, en todo momento y bajo cualquier circunstancia, hasta el final de los tiempos. Está Él junto a su Iglesia multiplicando los panes y los peces para tantos que hoy pasan hambre en el país producto de equivocadas políticas económicas y de la indiferencia casi absoluta de quienes llevan los asuntos políticos de Venezuela.

San Juan Pablo II, pensando en ese Jesús que vive en la Eucaristía, nos pide que imitemos a los discípulos en camino hacia Emaús, invoquemos a Jesús “para que en los caminos de los tantos Emaús de nuestro tiempo, permanezca siempre con vosotros. Que Él sea vuestra fuerza, vuestro punto de referencia, vuestra perenne esperanza”. Alguna vez recordaba Santa Teresa de Calcuta que alguien le preguntó a un hindú qué era, para él, un cristiano y éste le contestó que un cristiano es alguien que se da. El rostro del muchacho del Evangelio de San Juan, el rostro de ese otro discípulo que camina hacia Emaús, ese rostro lo he reconocido en la labor de esta Fundación Cinco Panes y Dos Peces que funciona en la Parroquia Jesús Nazareno, en estas líneas, todo mi respeto, admiración y colaboración con su amorosa obra.


Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.

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