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Sábado, 23 de Junio de 2018

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Choroní

Choroní
Altar en Choroní - Foto: Leoncio Barrios

Choroní no es un pueblo de Aragua, es Venezuela y el clima mental que se capta, usando la expresión de un amigo, es de tristechera.

Hace pocos meses Choroní no estaba como está, mucho menos como era hace años. Y no es que cualquier tiempo pasado sea mejor, para nada

Hace meses el pueblo de Choroní, en algunos aspectos, estaba mejor que hace años pero, ahora, está peor.

Allá no se hace cola para comprar comida. Simplemente, no hay qué comprar y si hubiera, no le alcanzaría el dinero a la gente del pueblo para pagar. Allí muy pocos ganan 1.500 Bs diario y eso no alcanza para un papelón que endulce la vida. Ni hablar de las penurias de quienes ganan sueldo mínimo o tienen ingresos inestables.

Quien tenga necesidad de comida va a Maracay, unas 4 horas de viaje ida y vuelta en autobús. Allá hará colas infinitas sin garantía de conseguir algo. Cuando consigue, si le sumara el precio del pasaje a lo adquirido, más lo que dejó de ganar ese día, la cifra es exorbitante, injusta, desproporcionada a sus ingresos. El sector social consentido y base del gobierno revolucionario se encuentra bien golpeado, en franca depauperación, por supuesto, volteándose.

Las posadas -la primera fuente de trabajo en el pueblo- han reducido significativamente la cantidad de personal y quienes tienen el privilegio de seguir trabajando ven como algunos patronos violan sus derechos laborales sin que haya posibilidad de “pataleo”. Mejor algo que nada. El Ministerio del “Poder Popular” para el Trabajo, ausente. La impotencia del trabajador, presente.

En contraste con la pobreza extendida, los que viven del comercio del pescado (no los pescadores) tienen que andar no con un koala sino con un bolso colgado al cuello para guardar el fajo de billetes que logran. En los centros de distribución, no solo huele a pescado sino a mafia. Así los círculos que tienen vínculos con el gobierno regional.

Los ranchos del camino a Playa Grande que resolvían necesidades gastronómicas a precios populares y daban una estampa folklórica al lugar, fueron destruidos por un proyecto gubernamental que los sustituiría por kioscos de ladrillo con servicios de agua y luz. Un año después no hay ranchos ni kioscos. Tampoco han echado las bases del Centro Deportivo prometido. En su lugar, varias hectáreas a la escampada donde ni jugar caimanera se puede por la interferencia de troncos talados, pruebas del crimen ecológico cometido.

Todo el frente de la playa fue privatizado violando la Ley. En la arena donde uno se podía echar con libertad, ahora hay que pagar por el alquiler de sillas y sombrillas que monopolizan los Consejos Comunales. O pagas, o te vas.

Y mientras centenares de bañistas disfrutan, el paisaje bucólico de la montaña sobre el mar es empañado por agentes de policía que conducen a jóvenes esposados que quién sabe qué estaban haciendo entre los matorrales pero seguro no asaltaban un banco, ni cometían acción terrorista alguna.

Choroní no es un pueblo de Aragua, es Venezuela y el clima mental que se capta, usando la expresión de un amigo, es de tristechera.

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