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Caraotas para Alí

Caraotas para Alí
Alí Primera. Foto: Cortesía Indira Carpio. -

En la casa Primera siempre hubo caraotas. Era su santo y seña.

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  • Indira Carpio
  • Martes, 03 de Noviembre de 2015 a las 12:04 p.m.

¿Qué caraotas fue a buscar Ali, cuando la mantequilla fue mucha en la Valle-Coche?

A Ely Rafael le gustaban las caraotas, del color que fuera, pero las negras lo hacían virar los ojos de placer.

Lo mismo anduvo en la cocina que en las cuerdas del cuatro, encendió el fuego, que en el pecho la canción.

No todo el que pasa hambre, cocina, pero éste no es el caso de Alí.

Comía y hacía de comer, aunque la mayor de las veces cocinaba Sol, porque las manos de Alí araban la causa de los pobres del mundo.

Su especialidad eran las chuletas en salsa y cuando podía se zambullía en la mermelada del cerdo sudado en monte, buceaba en la espesura y en el color del papelón y la grasa...

Eso sí, llegaba a casa de caza. Y todo aquel que lo recibía sabía que después del saludo, Alí preguntaba si habían caraotas.

Las de sus hermanas guardaban los aliños de su vieja Adela. Y entonces las perseguía. Fritas en mantequilla y cebolla dorada lo devolvían a la brisa paraguanera. De cuando se dejaba caer en el tibio cristal del caribe, del barco encallado y oxidado que señala al Cabo San Román. Y un olor a culantro de monte bailaba en sus velas.

En la casa Primera siempre hubo caraotas. Era su santo y seña. Y los platos eran dibujados con el nombre de cada uno de sus miembros. A Alí la hora de la comida le importaba tanto como que todos se sentaran en la mesa. Allí, partía el pan y multiplicaba el canto.

Alguna caraota le fue tan difícil de ablandar como el corazón del amo.

Como la piedra, ni para germinar.

Entonces, puso metal en la olla. Le cambió el agua tantas veces se secaban. Dejó caer algunas palabras bonitas, también las duras y estuvo la vida dándole candela.

Aquí y allá, la alumbró.

En Caracas, miraba la montaña, como chivo queriéndose encimar. Tenía la costumbre de parar en la cota mil, a coger de su agüita fresca.

En casa, la ponía a enfriar en la nevera, y cuando la tomaba de su tapara, se le veía reclinar la cabeza, cerrar los ojos, queriendo partir en dos la sierra.

Pero no había agua pa' aquella sed.

“Agüita dulce del cerro vendrá
¡ah mundo! y ¿de a dónde más?
¿si nos quitan el cerro?
¿de a dónde más?”.

Le brillaban los ojos por el coco en dulce, también por cualquier caramelo, porque en sus manos el pueblo dejaba caer la piñata. Lo único en lo que no ponía melao era en las caraotas, sacrosantas saladas.

Hubo una vez una niña que lo soñó. Alí había estrellado una caraota contra sus dientes frontales. Y se dispuso a sonreírle. A la niña le dolía el vientre de tanto reírse. Para aliviarla, Ali le puso una semilla en el ombligo, de la que creció un volcán de claveles.

“Camarada” es el grano de una caraota que revienta cuando las manos tienen hambre.

Noche redonda en la punta, la caraota es la lágrima de un pobre.

¿Qué caraotas fue a buscar Ali, cuando la mantequilla fue mucha en la Valle-Coche? El sudor del pueblo llena y llena ollas, pero nada que la piedra afloja.

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