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Jueves, 19 de Julio de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Camino a Emmaús

Camino a Emmaús
Imagen tomada de https://www.americamagazine.org -

“Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída” (Lc 24,29)

Henri de Lubac, uno de los teólogos de mayor influencia del siglo XX y cuya impronta marcó muchas de las deliberaciones y conclusiones del Concilio Vaticano II, observaba en el mundo una inclinación amarga y negativa resuelta de antemano a no perdonar nada; una voluntad de denigración, una especie de agresividad que se ejerce a veces contra el pasado de la Iglesia y contra su existencia actual, contra el conjunto de sus fieles, contra todas las formas de su autoridad, contra todas sus estructuras, a veces sin distanciar entre las que se deben a los albures históricos y las que le son esenciales por ser de institución divina. Agresividad que no se limita a la Iglesia, sino al hombre en general, negando toda posibilidad de trascendencia y pasando por encima, empleando todo tipo de justificación, de su propia dignidad. Un mundo decidido a no perdonar nada, a no amar nada tergiversando el sentido profundo del amor, banalizando la sacralidad de la vida, enalteciendo lo malo como bueno y desterrando lo bueno por malo. Todo atisbo de bondad y de respeto es señalado de debilidad, y por lo tanto, execrado del camino que, según el mismo mundo, conduce al éxito. Un mundo que parece haber brotado del corazón de aquellos discípulos de Jesús que volvían a Emaús, luego de su «muerte» en el Gólgota. Totalmente abatidos, se entregan al desaliento, a la desesperanza, a la cultura de la muerte que describe de Lubac, pues Jesús había muerto y con su muerte todo había acabado. Se rinden. Se van. Se entregan a una vida de lamentos y fatiga. Dios ha muerto.

Habían perdido la fe y la esperanza, afirma San Agustín. Eran muertos que caminaban. La vida que había en sus corazones se esfumó como suele esfumarse todo lo que pierde sentido. Hombres que habían perdido el contacto con la profundidad de las experiencias místicas, con el brillo que canta suave en medio de la más intensa oscuridad. Habían descristianizado sus almas y sus cuerpos. Sus ojos dejaron de ver, se olvidaron de contemplar. Dieron la espalda al silencio para entregarse, sin esperanzas, a los ruidos, al escándalo del mundo. Como canta Dante: “En medio del atardecer de nuestra vida me encontré en una selva oscura ya que la vía recta estaba perdida”, habían perdido todas las certezas. Habían perdido el camino y se hundieron en sí mismos transformándose en guetos cerrados, sin horizontes, que no saben callar, que no saben escuchar, que hablan, hablan y hablan del futuro sin apartar su mirada del ombligo, sus ombligos. Hombres sin lugar en todo lugar. Los hombres huecos que cantó Eliot. Hombres por los que se preguntó Primo Levi si eran realmente hombres. Hombres sin sentido y sin interés en buscarlo, al menos, donde realmente se encuentra el sentido. Hombres opalescentes y sin contenido que tergiversaron lo bello, lo noble, lo profundo por el horrible grito ahogado en Auschwitz que preguntaba por Dios, cuando realmente se preguntaba por él, por el otro, por ti y por mí.


El espíritu lamentable que guiaba a los discípulos de Emaús hacia la desesperación nos ha tocado a la puerta y nosotros, desanimados, como por inercia, le hemos abierto, le hemos dado el mejor sitio de nuestra casa y la posibilidad de que sea él quien acomode todo. Un espíritu tan fuerte que, a veces, no nos permite ver la Vida que camina a nuestro lado. Como resalta San Agustín en uno de sus sermones: “Muertos ellos, caminaban con el vivo; los muertos caminaban con la vida misma. La vida caminaba con ellos, pero en sus corazones aún residía la vida. Y tú, si quieres la vida, haz lo que ellos hicieron para reconocer al señor”. En su aparición a los que caminaban a Emaús desnuda la clave, el punto central de la Buena Noticia del Cristianismo, no es nuestra bondad, ni los méritos de nuestras manos, la condición de posibilidad de su «acontecer» real. Él se da porque sí, de modo gratuito, sin determinadas condiciones de contrato, más allá de proyectos y previsiones humanas, más allá del cálculo, del interés o, más bien, su interés es darse y darse siempre. Claro está, para que todo ello pueda darse en nuestro corazón, todo lo que somos debe transformarse en una invitación que nos ofrece el evangelio lucano: “Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída” (Lc 24,29).


San Juan Pablo II nos habla sobre esta invitación: “Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante, habían experimentado cómo «ardía» su corazón (cf. ibíd. 32) mientras él les hablaba «explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y «se les abrieron los ojos» (cf. ibíd. 31). Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. «Quédate con nosotros», suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el «pan partido», ante el cual se habían abierto sus ojos”. Transitar el camino que nos lleva a Emaús es transitar por nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Mirarlo a los ojos y pedirle que se quede, que nos acompañe en este atardecer de nuestras vidas y en su «sí» retomar aquella petición suya de que estuviéramos siempre dispuestos para la paz. “Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas por el camino” (Mt. 5,25) Ponernos de buenas con nuestro adversario, en especial con quien siempre es el adversario más difícil que tenemos: nosotros mismos. Una lucha contra nuestros egoísmos que, aunque no lo creamos, nos vuelve cosas, objetos, sombras de nuestras fragilidades, de la misma manera que lo hacemos con quien nos rodea, ese al que llamamos llenos de sospecha «otro» y que realmente es nuestro prójimo, nuestro hermano, por el que Cristo nos enseña desde el sentido de lo vivido a dar la vida.


Como aquellos discípulos en cuyos corazones ardía la necesidad de palabras de consuelo, pero, al mismo tiempo, palabras oportunas que nos vuelven a situar en el camino correcto, pidámosle a ese que siempre camina a nuestro lado que se quede esta tarde junto a nosotros y así nos vuelva a insuflar con su aliento de vida nueva, pues su resurrección nos ha resucitado de la muerte (Col. 3,1) para que volvamos a buscar las cosas del cielo, pero que están tallada en el corazón de los hombres, de todos los hombres, allí donde Cristo está sentado a la derecha del Padre. En su acompañamiento descubrimos un mar abierto entre la luz serena que persiste y siempre se filtra en la oscuridad de lo más hondo y nos abraza oteando en el horizonte que somos, pero que se nos desnuda frente a nosotros en el otro en cuya presencia revivimos como posibilidad para vivir la compasión, la bondad, la humildad, la gentileza y la paciencia. Ese otro que nos señala Cristo como puente hacia la unidad del amor. Ese otro que debemos descubrir como caricia que se desprende del diálogo verdadero y profundo, transparente y limpio como aquel que llevaron los dos discípulos que los hizo cambiar radicalmente de camino. Iban incrédulos, sin esperanza, mirándose extasiados su propio ombligo y, gracias a ese diálogo siempre fecundo que es Cristo, se vuelven creyentes que creen con el corazón ardiendo y llenos de gozo, con una esperanza renovada, despierta, viva, llena de ese sentido que da sentido a la vida y transforma nuestra subjetividad en una que derrocha perfume del Evangelio.


San Alberto Hurtado recordando la tristeza, el desaliento, el pesimismo de aquellos discípulos, nos dice: “¡Qué bien merecieron la palabra fuerte del Señor: ¡Tontos! ¡Imbéciles!! Esto significa la palabra griega. Son bien como nosotros... el desaliento crónico... comenzamos y desalientos. ¿Por qué? Porque se quedan en propósitos... debemos recomenzar todos los días. ¡Claro! Usted se lava las manos todos los días, cada día se afeita... y ¡todos los días! Lloriqueos crónicos... y junto al Señor que está a nuestro lado, ¡y le hablamos como a un extraño! [..] Un bribón y un santo ¿en qué se diferencian? En el tronco en que se apoyan... Comprendamos que Jesús está a nuestro lado. ¡Apoyémonos en Él! y subiremos. «Quédate con nosotros, Señor» (Lc 24,29). ¡Linda palabra que le hemos de decir! ¡Convencernos de nuestra flaqueza y conocer nuestro único apoyo! ¡El desaliento es algo demasiado natural para no ser una tontería!” En estas horas la invitación es clara: aferrarse al Señor pidiéndole que se quede con nosotros. En su compañía dejamos de ser esos hombres huecos, pues su amor nos llena, nos plena, nos inunda de una manera diferente de ver al mundo y sus dificultades. Dejemos que la novedad que nos trae ese peregrino nos oriente. Avancemos con él y hacia él que es la claridad y caminemos iluminados. Caminemos iluminados hacia su encuentro en el otro. Recibamos esa luz. Junto con él gocemos con todo nuestro corazón y cantemos un himno de acción de gracias a Dios que nos ha enviado la visible claridad para sacarnos de las tinieblas y con ella, hacernos resplandecientes. Sí, aquellos caminantes iban hacia Emaús tristes, abatidos, decepcionados, pero iban juntos, se mantuvieron juntos y juntos, en unidad, recibieron el aliento que venía del corazón de aquel peregrino que siempre camina con el hombre. En esta hora funesta de nuestra historia, permanezcamos juntos y caminemos hacia nosotros y hacia el otro con quien desde siempre nos acompaña para brindarnos con su luz la verdadera plenitud que nos aguarda, una plenitud que las ideologías y los líderes con pies de barro y corazones ensombrecidos nos niegan.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum

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