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Miércoles, 18 de Julio de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Camino a Emaús

Camino a Emaús
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Jesucristo nos hace nuevos para acercarnos a una vida plena de compasión, bondad, humildad, gentileza y paciencia

Uno de los episodios más hermosos que nos deja el evangelio lucano es el referido a los discípulos de Emaús. No lo recordaba, lo había olvidado, hasta que tuve contacto nuevamente con esas maravillosas líneas que nos muestran a un Jesucristo resucitado siendo corazón palpitante del diálogo. El evangelio nos habla de dos discípulos que regresaban de Jerusalén arropados por la tristeza, el desencanto y la desesperanza, pues el Maestro había muerto en la cruz hacía tres días y, salvo los comentarios –según ellos– alarmistas de unas mujeres que decían haberlo visto regresar de la muerte, nada había ocurrido. Ante estos comentarios, Jesucristo, irreconocible para ellos, les dice: “¡Oh, insensatos y duros de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo eso para entrar en su gloria?” (Lc. 24, 25-27). Un pasaje que hoy nos habla con una potencia renovadora exhortándonos a la conversión. Volví a este pasaje lucano mientras viajaba hacia Dios, hacia mí y hacia el otro en un retiro espiritual de la mano de mis hermanos de Emaús en Maracaibo entre los días 24,25 y 26 de marzo.

Se trata del segundo testimonio de la resurrección que cuenta San Lucas de la aparición de Jesucristo a dos discípulos que no pertenecen al círculo de los once, que van de camino el día de la resurrección. El relato es, con razón, célebre por el acento de inspiración que lo anima y por la belleza que expone. La tristeza y desencanto de los discípulos después del fracaso del Viernes Santo queda en él expuesta con realismo punzante, y el coloquio de los dos discípulos con el caminante desconocido, a cuyas palabras les «arde el corazón», así como la comida en común en la casa de Emaús producen un efecto tan hondo en el lector, porque sabe por el evangelista que es Jesús quien habla con ellos. De los nombres de aquellos discípulos sabemos con certeza de uno llamado Cleofás, del otro, poco o nada se sabe, pues no aparece nombre alguno que lo identifique. Teófilo de Antioquía asegura que ese otro es el mismo Lucas en su propia historia. San Ambrosio piensa, más bien, que se trata de un tal Amaón. Lo cierto es que no hay un dato preciso de quién era aquel otro discípulo sin nombre lo que nos permite suponer que, ese discípulo sin nombre puede ser cualquiera, tú o yo, por ejemplo.

Sobre ellos nos dice San Agustín en su Sermón 235 que Cleofás y el otro discípulo habían perdido la fe y la esperanza. Ambos estaban muertos, pero caminaban con el vivo; “los muertos caminaban con la misma vida”. La vida misma ardiendo en vida caminaba junto a ellos, pero en los corazones de éstos aún no residía la vida. Vida que nos hablaba de una teología de la mirada, de la contemplación, es decir, de la fe que entra por los ojos para acceder al corazón de quien está dispuesto a ver más allá de lo que los ojos humanos nos dicen. Esto ha hecho que la historia de los discípulos de Emaús haya sido tema central en muchas reflexiones teológicas y espirituales desde San Apolinar Nuevo, allá por la segunda mitad del siglo VI, hasta nuestros días pasando también por la sensibilidad musical (Bach y su cantata número 6) como la artística (Carrucci, Caravaggio, Rembrandt, Velázquez, entre tantos otros). El camino y el diálogo se muestran como los instrumentos que utiliza Jesucristo para que estos hombres lograrán ser rescatados de sus espesos desencantos. Ahora bien, este pasaje qué nos dice hoy, hoy que es Domingo de Gloria, Domingo de la Resurrección del Señor.

¿Este relato de los discípulos emausianos puede decirnos algo hoy de modo que la resurrección de Jesucristo pueda convertirse en fuente de vida para las inquietudes fundamentales que habitan en nuestro corazón? De alguna manera, ambos discípulos parecen buscar los caminos y formas para poder salir de los horizontes cerrados y totalitarios que envuelven la cotidianidad. Ante el avance del progreso salvaje, de la tecnología, de tanto sincretismo, ateísmo, relativismo, de tanta superficialidad y fragmentación de lo humano, ¿cómo hablar a los hombres de Dios y a Dios de los hombres? Algunos teólogos y exégetas nos desnudan la lógica del Nuevo Testamento como tensión de un criterio normativo para la fe que acompaña cada situación concreta del hombre y de la mujer que buscan en las luces de aquellos tiempos la potencia que brota siempre fecunda del acontecimiento de Jesucristo resucitado. Por ello, este pasaje de los discípulos de Emaús, así como aquellos que hemos decidido en el corazón de nuestras libertades personales asumir este carisma, compromete a hacer significativa la buena noticia del evangelio a los hombres de este atormentado siglo XXI para sembrarlo en el centro de sus gritos de dolor, desesperación y angustia para que crezca en ellos una nueva de luz, la de Aquel que hace todo nuevo otra vez.

Jesucristo nos hace nuevos, nos libera como liberó a Barrabás, quitándonos de nuestra vida el enojo, la ira, la maldad, los insultos y las banalidades. Para acercarnos a una vida plena de compasión, bondad, humildad, gentileza y paciencia. El episodio de los discípulos de Emaús nos confronta directamente con los males de nuestro tiempo que no nos permiten reconocer la voz de aquel que, a pesar de la espesura de las calamidades cotidianas, nos hace arder el corazón, aunque no logremos ver su rostro. Así como a aquellos dos, Jesús antes de darse a conocer por nosotros, quiere prepararnos por sus palabras. La pregunta hecha por Jesucristo a ellos se manifiesta con facilidad por la actitud de los discípulos que, en su animada conversación, podía también ser notada por un extraño. Ellos, a su pregunta, se quedan estacionados con gesto sombrío, lo cual parece intentar mostrarnos que no hay irritación por la imprudencia de aquel extraño, sino que manifiesta el ánimo en que se encuentran y, como uno de ellos expresa a continuación, su asombro por el hecho de que uno que viene de Jerusalén pueda ni siquiera preguntar cuál haya sido el tema de su conversación.

Uno de los grandes males creados por el hombre para devorarse a sí mismo es el poder que brota oscuro del vientre terrible de las ideologías del mal. Las ideologías se erigieron como sombras funestas del corazón del mismo hombre para sembrar horror, muerte y miseria en este mundo de Dios. Las ideologías, tanto de derechas como de izquierdas, se transformaron, cada una por su lado, en una manera de explicar la realidad desde absolutos que cada una va gestando y no dudarán, cada una y sin piedad, en hacer entrar al hombre dentro del proyecto ideológico aunque sea con la fuerza y la violencia. El hombre en busca legítima de su libertad termina esclavizado, pues confunde ser libre con ser aceptado dentro de los tribunales sociales que la ideología va sembrando en cada esquina, en cada calle, en cada casa, en cada corazón. La ideología, desde este éxtasis del cumplimiento que postula, ha arrebatado de su lugar a Dios, la única Otredad con mayúsculas. Lo que nos recuerda aquella escena de la novela «Un Mundo Feliz» de Aldous Huxley |en la cual un hombre clamaba por no desear ninguna comodidad, tan sólo quiere a Dios, a la poesía, el verdadero riesgo, la libertad y la bondad, a lo cual le responden que lo ese hombre reclamaba era su derecho a ser desgraciado. Las ideologías son los instrumentos modernos que no permiten reconocer a Jesucristo en el otro, ya que ellas, en su deseo de subsistir, terminan anulándolo miserablemente.

Ante la ceguera del hombre moderno, como aquella ceguera de los discípulos de Emaús, San Lucas nos desnuda la transición que implica dejarnos acompañar por Jesucristo, por su palabra, abrir nuestro corazón y nuestra mente al ardor que emana de su palabra y, poco a poco, la claridad de su rostro que es el mismo de la misericordia del Padre se irá transformando en nuestro propio rostro echando fuera todo aquello que nos distancia de nuestra verdadera vocación: ser prójimo. En el abrazo del hermano comenzamos a sentir al Señor. En ese calor al que nos abandonamos comenzamos a tejernos de nuevo a la libertad que cambia nuestra vida, nuestra suerte, nuestra forma de actuar, nos aprendemos a conjugar no al son que marcan las ideologías, sino en la sintonía de la amistad con Jesús. En el camino de Emaús, Jesucristo nos espera para alumbrar nuestra vida y nuestros ojos con su luz enseñándonos a rectificar, enmendar y perdonar.

Invitemos al Señor a nuestra vida agobiada por las contingencias cotidianas, esas pequeñas o grandes cosas que nos consumen desviando nuestra mirada del cielo. No dejemos que se vaya y que la noche de nuestra alma caiga sobre él. Invitémoslo a pasar la noche con nosotros y compartamos con Él más que el vino y el pan. Compartamos todo nuestro ser para que su paz controle siempre nuestra manera de pensar, pues Jesucristo nos ha llamado desde Emaús a formar un solo cuerpo (Cfr. Col 3). Permitamos que su palabra, su mensaje viva plenamente en nosotros abriéndonos los ojos y quebrando la voz de este mundo. En Emaús asumimos que hemos sido despojados del antiguo ser humano que éramos y del mal que hacíamos: estamos revestidos ahora de una nueva manera de ser. Dios nos ha hecho nuevos y lo hace siempre, nuevos a imagen de aquel que nos creó. “En esta nueva vida ya no importa si usted es judío o no, circuncidado o no, culto o ignorante, esclavo o libre. Cristo está en usted y Él es lo único que importa” (Col. 3,11). Nuestros ojos han vuelto a abrirse a su gloria y a la dulzura de su creación. Podemos ver el rostro de Jesús, que es el rostro de la misericordia del Padre, que es el mismo rostro de aquel que sufre del mal que hemos creado. Hemos entrado a una nueva vida. “Y en aquel mismo momento se levantaron y regresaron a Jerusalén, donde hallaron reunidos a los once y a sus compañeros, que decían: « ¿Es verdad! El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón». Entonces ellos refirieron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido en la fracción del pan” (Lc 24, 34-35) Sí, Señor, vayamos a Jerusalén, tenemos nueva vida, demos testimonio, ya que JESUCRISTO HA RESUCITADO… ¡EN VERDAD RESUCITÓ!

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum

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