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Viernes, 16 de Noviembre de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Bella Señora, Bella Señora

Bella Señora, Bella Señora
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Soy la que está en la Trinidad divina. Soy la virgen de la revelación. Tú me has perseguido, ¡ya basta!

Una de las historia marianas más hermosas y significativas, al menos para mí, es la que cuenta la aparición de la Virgen de la Revelación a Bruno Cornacchiola en abril del año 1947. Significativa, ya que esta aparición no fue concedida a un católico, sino a un protestante que, además odiaba a la Iglesia católica. Cornacchiola provenía de un hogar católico con beses muy deficientes, casi nulas. Una familia que era modelo de malos ejemplos fomentados, en gran medida, por una pobreza miserable. El padre era alcohólico, violento, pasaba temporadas en la cárcel. La madre, también alcohólica, al menos buscaba con honestidad el sustento del hogar lavando ropa ajena. Con una muy baja instrucción académica y una relación endeble con la Iglesia, decide enrolarse a un apartido de izquierda que, tiempo después, lo convencería de participar en la guerra civil española. Bebió a ojos cerrados del visceral odio de los comunistas por la Iglesia a la que, como San Pablo, persiguió de manera brutal y despiadada. Con ese corazón henchido de inquina, conoce a un luterano militar alemán quien empieza a instruirle. Esta instrucción lo lleva a enfrentar a la Virgen, a la Eucaristía, afianzando férreamente el odio a la Iglesia Católica y, muy especialmente, a la figura del Papa. Este hombre le decía que el Santo Padre era nada más y nada menos que la bestia del Apocalipsis orientando a su vez el aborrecimiento hacia los sacerdotes, religiosos y religiosas. Su rencor y antipatía llegaron a tales límites que se propuso viajar a Roma para matar al Santo Padre con un cuchillo en el cual mandó grabar: “Muerte al Papa”.

Las tinieblas que abrigaron su corazón le cegaron sus ojos de tal manera que dejó de reconocer a su esposa, a su familia, a quienes sólo se acercaba para sembrar su cada vez mayor rechazo a la Iglesia. Los abusos contra su familia lograron su cometido, logró cambiarlos de religión, aunque su mujer le hizo prometer que comulgaría con ella los nueve primeros viernes de mes, a lo cual el accedió. Terminados los nueve primeros viernes se hicieron adventistas. Los biógrafos concuerdan en que Bruno Cornacchiola se tomó muy en serio su nueva iglesia. Seriedad que lo llevó a transformarse en un líder de la juventud misionera adventista de Lacio. El 12 de abril de 1947, Bruno y su familia se van de campamento con la finalidad de poder estudiar la Biblia y brindarles espacio a los hijos para que pudieran jugar. Tenía que buscar un lugar en el cual poder estudiar con tranquilidad las Escrituras, ya que se le había encomendado dar una charla en audiencia pública en la cual pretendía rebatir los dogmas referidos a la Madre de Jesús: virginidad de la Virgen María y su Asunción exactamente. Curiosamente, el sitio donde decide detenerse para cumplir su misión es un campo contiguo a la abadía de Tre Fontane, Iglesia ubicada sobre el lugar donde fue decapitado San Pablo y, donde según la tradición, al caer la cabeza al suelo rebotó tres veces en el suelo e hizo tres fuentes.

Mientras Bruno preparaba su conferencia, los hijos jugaban pelota contentos como nunca. Cuando la diversión había llegado al límite de la frescura tintineante de las risas, uno de los niños pierde la pelota y esta se adentra en el bosque. El menor de los hijos decide ir por ella, pero se demora en regresar. Luego de llamarlo varias veces, Bruno decide buscarlo. Se adentra y busca, quizás como hiciera María cuando Jesús se perdió en el Templo. No había caminado mucho cuando lo encontró de rodillas con las manitas juntas al pie de la gruta, con sus ojos fijos en un mismo punto, sonreía y como que conversaba, entonces se acercó y oyó que decía: «Bella Señora, Bella Señora». Bruno le habló, pero el niño no reaccionó. Buscó a Isla, su otra hija, pero al llegar ella junto a la gruta cayó también de rodillas con las manos juntas y exclamó: «Bella Señora, Bella Señora». Él se indignó pensando que se trataba de una broma, llamó a Carlos, el hijo del medio, y él, al llegar junto a la gruta cayó de rodillas exclamando también lo mismo. Bruno, más indignado, intentó levantarlos del suelo, pero no podía, una fuerza mayor que todas sus fuerzas parecía mantenerlos como estaban. La indignación cedió terreno y ahora era terror lo que embargaba su corazón. Miró al cielo confundido y aterrado, exclamó: «Dios mío, sálvanos». De inmediato, cuenta Bruno, todo en su alrededor se volvió oscuro sintiendo un dolor punzante en sus ojos, luego dos manos blancas se apoyaron sobre ellos quitando como una especie velo. Cayó de rodillas y una luz muy grande iluminó la gruta para formarse luego la figura de una mujer de apariencia humana, vestida con una túnica blanca y ceñida en la cintura con un cinto rozado. Los cabellos eran negros sutilmente recogidos por una cinta verde esmeralda que llegaba, al igual que la túnica, hasta los pies descalzos; en su mano derecha sostenía un libro de pasta color ceniza. Extendiendo su brazo izquierdo, la mujer le señala una sotana negra y un crucifijo roto y con dulzura incomparable le dijo: “Soy la que está en la Trinidad divina. Soy la virgen de la revelación. Tú me has perseguido, ¡ya basta! Entra en el redil, el juramento de Dios es santo, los nueve viernes que hiciste antes de entrar en el redil de la mentira son los que te han salvado. Obedece a la autoridad del Santo Padre”.

La Virgen le habla de su asunción, a pesar de que este dogma sería proclamado por el Papa Pío XII, el 1º de noviembre de 1950, en la Constitución Munificentisimus Deus, es decir, tres años después. “Mi cuerpo no podía marchitarse y no se marchitó”, le dice para luego indicarle cómo podrá reconocer después a los dos sacerdotes que lo ayudarán a reconciliarse con Dios y con el Papa, a quien tenía intenciones serias de asesinar con un puñal. Bruno Cornacchiola dijo que, después de oír estas palabras, se sintió sumergido en un estado de profunda alegría. Antes de despedirse, la Virgen de la Revelación habría dejado una marca, de modo que el hombre no tenía ninguna duda sobre el origen divino de su visión. Tras su conversión, Bruno fue recibido de nuevo en la comunidad católica. Los encuentros con la Virgen llegaron a ser hasta poco más de 60 durante toda su vida. Encuentros que describe en sus diarios. Cada aparición venía acompañada de un mensaje y, en líneas generales, esos mensajes tuvieron, en gran medida, a los sacerdotes, pastores del rebaño de su Hijo, como protagonistas. “Digo a mis hijos sacerdotes: que se están convirtiendo en mundo, despojándose de lo sagrado para desacralizar y abandonar el sacerdocio. [...]. El mundo tiene sed de verdad, pero no se le da más del agua que apaga la sed”. Sin embargo, destaca mucho lo referido en su primer mensaje: “Los pastores del rebaño no están cumpliendo con su deber. Demasiado mundo entró en su ánimo para dar escándalo al rebaño, y desviarlo del camino. [...]. Antes de que Rusia se convierta y deje el ateísmo, va a desatar una tremenda y severa persecución. Oren, se puede detener. [...].las cosas falsas del mundo, espectáculos, estampas de obscenidad [...]. Satanás es liberado por un período de tiempo y se enciende para los hombres el fuego de la revuelta. Hijos sed fuertes, resistid el asalto del infierno. [...]. Toda la Iglesia sufrirá una terrible prueba, para limpiar lo que se ha infiltrado en sus ministros. [...]. Sacerdotes y fieles serán puestos en un punto de inflexión peligroso en el mundo de perdición, que se lanza el asalto por cualquier medio: falsas ideologías y teologías. [...]. Habrá días de tristeza y luto. Del lado del oriente un pueblo fuerte, pero alejado de Dios, va a lanzar un ataque terrible, y destruirá las cosas más sagradas y santas. [...]. El mundo va a ir a otra guerra, más despiadada que las anteriores; más golpeada será la Roca eterna (Roma). La ira de Satanás ya no se contiene; el Espíritu de Dios se retira de la tierra, la Iglesia quedará viuda, ella va a ser dejada a merced del mundo. [...]. La más afectada será la Iglesia de Cristo para limpiarla de las contaminaciones que se encuentran dentro. [...]. Los sacerdotes serán pisoteados y asesinados, esa es la ruta de la cruz junto al despojamiento de la sotana sacerdotal”.

Trato de ponerme en el lugar de este hombre y la lucha que debió haberse gestado en su racionalidad. Cuántas cosas habrán pasado por dentro de él antes de aceptar, antes de dar crédito a todo lo contemplaba. “Carísimos, no creáis a todo espíritu, sino poned a prueba los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido al mundo” (1 Jn. 4,1). “Si entonces os dicen: «Ved al Cristo (o a la Virgen) está aquí o allá», no lo creáis. Porque surgirán falsos cristos y falsos profetas, y harán cosas estupendas y prodigiosas hasta el punto de desviar si fuera posible, aún a los elegidos. Mirad que os lo he predicho” (Mt. 24, 23-25). “... cuya aparición es obra de Satanás con todo poder y señales y prodigios de mentira y con toda seducción de iniquidad para los que han de perderse en retribución de no haber aceptado para su salvación el amor de la verdad” (2 Test. 2,9-12). “Y embaucó a los habitantes de la tierra con los prodigios que le fue dado hacer en presencia de la bestia diciendo a los moradores de la tierra que debían erigir una estatua a la bestia de modo que la bestia también hablase e hiciese quitar la vida a cuantos no adorasen la estatua de la bestia” (Ap. 13,13-14). No, no debió ser nada fácil, pero, al mismo tiempo, también trato de imaginar lo contundente y profunda que debió ser esta experiencia para él y, sin duda, para la propia Iglesia.

Sin embargo, creo que el tema central y fundamental en esta historia es el de la conversión. La Virgen María nos llama insistentemente a la conversión, en especial en el mundo tal y como lo estamos viviendo hoy. La realidad que estamos cosechando es un claro indicativo de que tenemos que cambiar, que no podemos seguir como vamos, y la conversión nos permite retomar el impulso hacia Dios que es capaz de transformar nuestros corazones de piedra en corazones de carne, corazones ardientes y sentientes, como podría afirmar Zubiri. San Agustín y Santo Tomás de Aquino describieron a la conversión como proceso por el que un individuo se vuelve a Dios y llega a unirse más estrechamente a él. Para B. Lonergan la conversión religiosa es un estado dinámico de enamoramiento espiritual en respuesta al amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf Rom 5,5). La conversión religiosa produce nuevos grados de autotrascendencia cognitiva, moral y afectiva. El Papa Francisco se refiere a la conversión como el proceso por medio del cual un corazón, que era mundano, pagano, se convierta ahora en cristiano con la fuerza de Cristo. “Cambiar, esta es la conversión. Y cambiar en el modo de actuar, tus obras deben cambiar. Es un cambio pero no es un cambio que se hace con maquillaje. Es un cambio que el Espíritu Santo hace dentro”. Esta aparición mariana es vista por muchos todavía con incredulidad. Sin embargo, más allá de eso, creo que lo fundamental y la razón por la cual hoy la rescato, es por lo que ella puede representar para el hombre en este momento, para nosotros, para ti y para mí en este momento. La Bella Señora nos llama a dar ese cambio por nuestro bien y el del mundo entero.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum

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