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Lunes, 16 de Octubre de 2017

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La duda melódica

Apalancando vamos y venimos

Apalancando vamos y venimos
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Poco a poco, a veces sin darnos cuenta, o dándonos más de la que debíamos, Venezuela se ha sumergido irremediablemente en el reino del palanquismo.

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  • Luis Barrera Linares
  • Domingo, 16 de Agosto de 2015 a las 9:05 a.m.

No importa de qué se trate, hasta para los asuntos más cotidianos, buscamos un “punto de apoyo”, una palanca

En algún rincón de mi infancia en Los Puertos de Altagracia, se escuchaba hablar de la existencia de un mítico filósofo llamado Arquímedes Nemesio Montiel Oldemburg, originario de la zona de El Mecocal (que ahora es un pueblo, pero en aquel tiempo constituía apenas un caserío). A propósito de ese señor imaginario, también se rumoraba en las conversaciones de botiquín que era filósofo autodidacta y que había sido el autor de la expresión “si me necesitáis como palanca te consigo lo que vos queráis”.

Es obvio que el origen de ese cuento provenía de la paráfrasis local de la sentencia “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, atribuida precisamente al matemático griego Arquímedes de Siracusa. El Diccionario de americanismos (2010) extiende el significado de la palabra palanca hacia la mayoría de los países de Hispanoamérica. Al respecto indica: “Persona influyente que puede ayudar a alguien a obtener algo, especialmente un puesto público”. No obstante, ya es simplemente una voz del español general, aunque El Diccionario de la lengua española (DILE) se queda cortísimo en la noción figurada que utilizamos por estos lados: “intercesión poderosa o influencia que se emplea para lograr algún fin.”

Lo cierto es que el apalancamiento se ha desperdigado por todos los rincones del idioma español mediante un amplio abanico de acepciones. Dice mi tía Eloína que no hay lugar en este continente donde no se entienda que “buscar, tener o acudir a una palanca” implica valerse de alguien (a veces de algo) para lograr algún objetivo por los caminos verdes (y también por senderos de otros colores). Un punto de apoyo en lenguaje popular y silvestre es sencillamente una palanca. Nada diferente de “ayudita”, “favorcito”, “intermediación”, “influencia”, “trácala”, “trampa”, “empujoncito” y muchos más sinónimos.

No importa la naturaleza de lo que busquemos obtener, en cada esquina, en todos los ámbitos, en cualquier circunstancia, sea influyente o no, hay alguien agazapado esperando por nosotros para ofrecernos ayuda o intercesión hasta para ir al baño. Y esa “colaboración”, naturalmente tiene un costo, vale dinero, o podría significar otro favor como retribución, pero generalmente implica alguna deuda que no siempre será de gratitud.

Poco a poco, a veces sin darnos cuenta, o dándonos más de la que debíamos, Venezuela se ha sumergido irremediablemente en el reino del palanquismo. Se nos ha vuelto una costumbre cotidiana. Acudimos a la aseveración de Arquímedes para cualquier asunto, pequeño, mediano o grande, intenso o extenso, nimio o grave: desde comprar productos básicos en un supermercado hasta obtener un cargo para ministro o diputado, e incluso para conseguir una cita en alguna dependencia pública o privada. La vida se nos ha convertido en la búsqueda recurrente de puntos de apoyo y el recurso ya no distingue clases sociales, rangos de escolaridad, edad, sexo, color de piel o religión. Todos, todas, toditas, toditiquitos nos hemos convertido en amantes del procedimiento.

Cualquier persona acude al recurso de marras, independientemente de la facilidad o dificultad que requiera un trámite, una compra, una diligencia, la búsqueda de un documento, de una medicina, de un cargo, o de lo que sea. Eso ha hecho más que frecuentes entre nosotros frases como “hacer el quite”, “hacer la segunda”, “tener un contacto”. De modo que, cuando ilusoriamente creíamos que comenzábamos a salir de la oscurantina y a volvernos un país decente, pues ha ocurrido exactamente lo contrario. Por obra y (des)gracia de la actual situación nos hemos convertido en mucho más “palanquistas” de lo que éramos. Diversas estrategias se ponen en movimiento cuando se trata de lograr un objetivo, más allá de que con ello atropellemos a los demás o transgredamos alguna norma. Para ello, no es raro apreciar ciertos valimientos, como por ejemplo, la cojera ficticia, los falsos embarazos, las canas, la ancianidad, las cicatrices, las heridas inventadas, los bebés en brazos, los senos operados, o cualesquier otros “ingeniosos” recursos.

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