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Lunes, 16 de Julio de 2018

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Opinión

El ojo mecánico | De películas y otras anotaciones de un cinéfilo empedernido

Acción, solo eso

Acción, solo eso
Imagen tomada de https://www.elconfidencial.com/ -

Terminada la temporada de premios cinematográficos, la cartelera venezolana regresa a su anormal normalidad: una oferta venida a menos donde figuran títulos de escaso interés: “El pasajero” es uno de ellos

Lo dicho: pasó la noche del Óscar, y la cartelera cinematográfica local regresa a esa especie de marasmo que se ha hecho habitual. Aunque todavía persisten en las salas títulos más o menos honrosos, como Lady Bird, Las horas más oscuras, Todo el dinero del mundo, El hilo fantasma y The Post, retornan a la marquesinas obras que no tienen otro propósito que atraer espectadores a los cines. Cintas que engolosinan miradas y hasta tienen ese poder oculto de provocar el consumo desmedido de cotufas.

Puro entretenimiento. Esto es lo que hay, y no es que se desee que este tipo de oferta desaparezca. Lo que preocupa es que la balanza se muestre desfavorable hacia ese tipo de películas que van más allá del necesario momento de escapismo, que anhelan toparse con un público pensante, dispuesto a enfrentarse con obras que estimulen su sensibilidad, a favor o en contra, con respecto a la realidad circundante. Películas que pongan a funcionar las neuronas, que motiven una buena conversación o, en el mejor de los casos, una discusión profunda.

Pasó el Óscar y nos toca volver a los esquemas del cine de acción, de terror o de comedia más rancios, más convencionales. En ese sentido, lo nuevo de Jaume Collet-Serra, cineasta catalán adoptado por Hollywood, cumple con todos los requerimientos del cine chicle que se nos ofrece ya masticado y que recuerda aquel escandaloso lema de una campaña publicitaria de ARS: “Permítanos pensar por usted”.

Se trata de El pasajero (The Commuter), cinta en la que el actor irlandés Liam Neeson, apartado ya de las grandes interpretaciones que ofreció en obras como Michael Collins, encarna a un hombre de negocios que diariamente se traslada en tren de su casa en las afueras de la ciudad a su oficina. Un día, en el trayecto hacia su hogar, Michael MacCauley (Neeson) regresa abatido: ha sido despedido en medio de una circunstancia familiar apremiante: su hijo está a punto de ingresar a la universidad. Su situación económica es complicada. Por lo menos hasta que hace su aparición una atractiva desconocida que con la excusa de que es una estudiosa del comportamiento humano le propone un experimento. MacCauley debe encontrar entre los pasajeros al hombre del que la desconocida solo le da dos pistas: que el sujeto tiene un alias y lleva un bolso. Nada más. A cambio, el protagonista recibirá cien mil dólares.

A partir de esta premisa, que se detalla en los primeros minutos del metraje de El pasajero, la narración entra en una especie de tren que marcha a su máxima potencia y sin frenos. Todo es vertiginoso tanto como las diversas personalidades de los viajeros a los que MacCauley debe auscultar sin quedar en evidencia. Tanto, que no importa que, por momentos, se pierda toda lógica argumental y la historia se adapte, forzosamente, al ritmo trepidante de la puesta en escena de Collet-Serra y del tremendo esfuerzo físico que tiene que hacer Liam Neeson para estar acorde con un personaje que igual debe ser capaz de moverse entre los rieles con el tren a toda velocidad o defender a capa y espada (más bien, a golpes y revolver) la integridad de su familia, amenazada por quien le ofreció la posibilidad de resolver su situación financiera.

En términos generales, El pasajero no defraudará a los amantes del cine de acción, a esos que acceden a que les inyecten por los ojos sobredosis de adrenalina, aunque el cuento que les echen carezca de verosimilitud y trascendencia. Por ellos se mueve la industria. Yo, espectador con otras necesidades, me olvidé de esta película minutos después de haberla visto.

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